Y no hubo nada que hacer, nada que rescatar. Las horas pasaron y nunca volvieron, pero lo que sí quedó fue el vacío que no pudieron llenar. El eco de incontables canciones resonando en el pecho y en los recuerdos, y detrás de los ojos; como obligándome a ver una escena que no viví en carne propia, pero que sentí en toda mi piel.
El día se ilumina, pero no lo suficiente como para ver el sol. Nunca es suficiente cuando la noche se hace tan larga, y el gris que cubre el cielo parece ser una extensión de la melancolía que amenaza con dejarme sin aliento. Lo único que puedo hacer es abrir las ventanas, secando con un paño las gotas condensadas en el vidrio y sintiendo el viento que aún es fuerte y frío. Es en este momento en el que me doy cuenta que ya es un tema de capricho y no de insomnio. La carencia de sueño se transforma en carencia de ganas de estar despierto, así que nuevamente cierro la ventana, las cortinas, y los ojos...
lunes, 11 de septiembre de 2017
Capricho
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